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Los almirantes Petit-Thouars y Stirling en la defensa de Lima en 1881

Publicado: 2018-03-17

Sumilla: El interés primordial de Francia e Inglaterra fue ante todo proteger las vidas e intereses de sus nacionales residentes en Lima y no necesariamente proteger a la ciudad misma.

Una idea que parece haber calado en el imaginario popular desde hace mucho tiempo es que Lima no fue tomada por asalto en enero de 1881, por el ejército chileno, gracias a la acción decidida y valerosa del Vice-Almirante Abel Bergasse du Petit-Thouars, jefe de la División Naval de Francia en el Pacífico, quien habría llegado al Callao siguiendo un supuesto llamado sobrenatural y habría advertido a las autoridades militares chilenas que se las verían con él si atacaban Lima.

No se trata, por cierto, de desmerecer la participación que Petit-Thouars tuvo junto con su colega británico, el almirante Frederick Henry Stirling,  acompañados por el Comandante italiano Labrano, así como con los ministros plenipotenciarios de Gran Bretaña y Francia, para evitar que Lima sea tomada en forma violenta. Se trata, más bien, de contrastar esa imagen popular con datos provenientes de informes oficiales de la época a efectos de tener una visión más matizada y realista de la actuación que tuvieron oficiales navales y representantes diplomáticos de potencias neutrales en los días previos a la ocupación de Lima. 

(En la imagen de cabecera, el almirante Abel Bergasse du Petit-Thouars aparece a la izquierda y el almirante Frederick Henry Stirling a la derecha.)

Entre las fuentes consultadas, conviene poner en relieve los informes británicos publicados por Alberto Tauro del Pino en 1979 y Celia Wu Brading en 1986, y el ensayo de Alberto Wagner de Reyna publicado en la Revista del Instituto de Estudios Marítimos del Perú en 1980, basado en fuentes oficiales francesas. 

Empecemos recordando que el estallido de la guerra con Chile a inicios de 1879 atrajo una gran atención entre diversas potencias neutrales que se apresuraron en enviar algunos de sus buques de guerra a las costas del Pacífico con el doble fin de observar el desarrollo de las operaciones navales y de proteger a sus poblaciones residentes en los territorios de los Estados en guerra. 

Lima, en particular, albergaba una numerosa colonia extranjera, compuesta principalmente por italianos, los más numerosos, seguidos por franceses, y por británicos, quienes concentraban el mayor número de intereses económicos. Hacia fines de 1880, hubo tres buques británicos, tres franceses, tres italianos, dos norteamericanos y un alemán fondeados frente al Callao y a Ancón. 

Petit-Thouars entre Oceanía y el Callao 

El almirante Petit-Thouars estuvo a bordo de su acorazado Victorieuse frente al Callao desde fines de agosto de 1879 hasta mayo de 1880, cuando zarpó rumbo a las islas Marquesas donde importantes intereses franceses estaban en juego. Hacia fines de junio, Petit-Thouars había cumplido su misión en Oceanía y reemprendió el retorno hacia América del Sur, llegando a Valparaíso el 22 de diciembre de 1880. 

A su llegada al primer puerto chileno, Petit-Thouars tomó conocimiento que tenía órdenes de París de entregar el mando de la División Naval del Pacífico al almirante Brossard de Corbigny, quien ya había zarpado de Río de Janeiro rumbo a Valparaíso, y emprender el regreso a Francia. A los pocos días, sin embargo, recibe noticias de que su sucesor recién llegaría a Valparaíso a mediados de enero de 1881. 

Petit-Thouars, quien era plenamente consciente del peligro que sus connacionales podían correr si Lima se convertía en un campo de batalla, fue oportunamente informado en Valparaíso que el ejército chileno ya había desembarcado en el sur de Lima e iniciado su marcha hacia la capital peruana con la intención de tomarla. Aprovechando el retraso anunciado del almirante Brossard de Corbigny, tomó la decisión de zarpar de inmediato hacia el Callao, el 31 de diciembre de 1880, y llegó al Callao a bordo de la Victorieuse el 7 de enero de 1881.

«Es indudable – ha apuntado Wagner de Reyna – que sus instrucciones no preveían este viaje, ya que debía entregar el mando a Brossard de Corbigny en Valparaíso, y lo hubiera seguramente hecho si éste hubiese llegado puntualmente a la cita, pero tampoco se oponían a la decisión tomada, pues mientras fuera jefe de la división naval era su cometido defender los intereses franceses donde estuvieran amenazados».

Las iniciativas británicas

Durante el tiempo que Petit-Thouars estuvo en Oceanía, el ministro plenipotenciario británico en el Perú, Sir Spenser St. John, hacía gestiones para proteger las vidas e intereses de sus connacionales afincados en Lima, pues él también tenía conocimiento de las intenciones chilenas de tomar la capital peruana. Fruto de sus comunicaciones telegráficas con el Foreign Office en Londres en setiembre de 1880, consiguió que el Almirantazgo británico le ordenase al almirante Frederick Henry Stirling, quien se encontraba entonces en Vancouver, regresar de inmediato al Perú. Stirling había pasado algunos meses frente a las costas peruanas observando las operaciones navales iniciales.

A su llegada al Callao, el 21 de noviembre de 1880, el almirante Stirling tomó conocimiento de que el ejército chileno ya estaba por marchar hacia Lima con la intención de tomarla y convocó de inmediato a todos los oficiales de mayor rango de los buques de guerra neutrales a una reunión a bordo de su acorazado, el HMS Triumph

En dicha reunión, que contó con la presencia del capitán de navío D’Arcy del buque británico HMS Shannon, el capitán de navío Chevalier del buque francés Decrès, el capitán de navío Labrano del buque italiano Cristoforo Colombo, el capitán de navío Von Hollen de la nave alemana Ariadne y el capitán de navío Howell del buque estadounidense Adams, se acordó que un oficial de cada nacionalidad sea destacado en los dos ejércitos. Sólo el comandante alemán no estuvo de acuerdo con esta decisión.

Y así se hizo, previa autorización de los jefes de Estado de los países beligerantes. El oficial británico Acland, el francés Le Léon, el italiano Ghiliotti y el estadounidense Mullan se unieron al cuerpo de oficiales del ejército chileno; y el británico Brenton, el francés Rotomsky, el italiano De Royck y el estadounidense Houston hicieron lo mismo en el ejército peruano.

Según un informe del almirante Stirling, era opinión general entre los comandantes de los buques de guerra neutrales que «la presencia de oficiales imparciales en los dos campos beligerantes podría servir como medio de control para frenar excesos y atrocidades, y prevenir la destrucción de propiedades particulares y neutrales». 

Las negociaciones previas a la ocupación de Lima

Los servicios prestados por estos oficiales navales fueron inestimables toda vez que, sin traicionar su posición neutral, facilitaron un importante intercambio de comunicaciones entre los dos beligerantes, lo que contribuyó a que ambos pudieran entablar negociaciones cuando así lo consideraron necesario y oportuno.

Así sucedió aquel 14 de enero de 1881, al día siguiente de la destrucción de Chorrillos, cuando los ministros de Gran Bretaña, Francia y El Salvador – este último en calidad de decano del cuerpo diplomático – se reunieron en Miraflores a raíz de un llamado de Piérola y acordaron entrar en contacto con el general Baquedano, comandante en jefe del ejército chileno. El contacto fue establecido por el británico Brenton y el italiano De Royck, quienes fueron despachados al campamento chileno.

A raíz de dicho contacto, el general chileno Baquedano recibió en su campamento en las afueras de Chorrillos a los tres representantes diplomáticos y, al cabo de una discusión larga y tensa, les dio su palabra de honor de que sus fuerzas no entrarían a Lima «hasta que la ciudad tuviera oportunidad de rendirse» y «se acordó una tregua hasta las doce de la noche».

No está de más agregar que, como anota en su informe, el teniente británico Brenton se encontró en el campamento chileno con su colega Acland, quien le habría suplicado «que informara al ministro británico que era peligrosísimo para las mujeres y niños permanecer en Lima. Corrían el riesgo de que los chilenos, eufóricos por la victoria, avanzaran sin respetar ni vidas ni propiedades y la suerte de Lima podría ser idéntica a la de Chorrillos».

La tregua acordada no duró y fue rota sorpresivamente en horas de la tarde, sin que se haya podido establecer a ciencia cierta la responsabilidad del caso, desencadenándose la batalla de Miraflores. Y al término de los combates, el ministro británico St. John señala que se dirigió en compañía del almirante Stirling a Palacio de Gobierno en Lima, hacia las nueve de la noche, para intentar hablar con Piérola y convencerlo de la inevitable conveniencia de disponer la rendición de la capital con el fin de evitar una destrucción innecesaria. El ministro plenipotenciario de Francia, Edmond Domet de Vorges, y Petit-Thouars se les habrían unido poco después y esperaron hasta las once de la noche. 

Pero Piérola ya había huido a la sierra y decidieron tomar la iniciativa y convocar de inmediato a don Rufino Torrico, alcalde de la ciudad con el mismo fin.

Nuevamente se despachó al británico Brenton y al italiano De Royck – en compañía del secretario de Petit-Thouars, Roberjot – al campamento chileno para concertar una nueva entrevista con el general Baquedano a fin de presentar al alcalde de Lima y acordar la rendición de la capital. Regresaron a las seis de la mañana «con un informe amenazador que reflejaba la negativa chilena», pero una hora más tarde regresó Brenton con un mensaje del general Baquedano: «después de la traición de los peruanos, consideraba justificado bombardear la ciudad ese mismo día a menos que se rindieran de manera absoluta». 

A pesar del tono «amenazador» de la respuesta chilena, la reunión entre Rufino Torrico y el general Baquedano se produjo a las 2 de la tarde del día 16 de enero. Acompañaron al alcalde de Lima no sólo los ministros de Francia y Gran Bretaña, sino también los tres jefes navales –Stirling, Petit-Thouars y Labrano – «en caso que se hiciera necesaria una declaración verbal de sus intenciones», según consigna el ministro británico en su informe. La reunión fue breve y se logró concertar rápidamente la rendición incondicional de Lima.

En esta oportunidad, agrega St. John en su informe, «los chilenos se comportaron bien, acordaron diferir su entrada por 24 horas y solo enviar 3000 hombres seleccionados de sus tropas. Se convino que el Ejército peruano sería desarmado y desmovilizado». 

Por su parte, Petit-Thouars consignó en su propio informe que, «al haber hecho anunciar a los chilenos que acompañaríamos a nuestros ministros en las conferencias, el almirante Stirling y yo esperamos producir una cierta presión sobre ellos, sin formular amenazas, y creo que hemos estado bien inspirados». 

Comentarios finales

Lima, que parecía destinada a correr igual suerte que Chorrillos, Barranco y Miraflores, según la percepción de los observadores militares neutrales asignados al ejército chileno, se salvó de correr la misma suerte que las tres localidades peruanas citadas por una conjunción de varios factores. 

En primer lugar, por la cantidad considerable de extranjeros residentes que albergaba; en segundo lugar, por la determinación del cuerpo diplomático acreditado en el Perú, en particular de los ministros de Gran Bretaña y Francia, y de los jefes de las escuadras de ambas potencias y de la italiana, de defender las vidas e intereses de sus nacionales; y, finalmente, por el hecho mismo de haber tenido ya lugar la destrucción de las tres localidades peruanas mencionadas, lo que constituía un claro presagio de lo que podría ser el destino de Lima.

La iniciativa del almirante británico Stirling de colocar observadores militares neutrales en los dos ejércitos enfrentados facilitó mucho el intercambio de comunicaciones entre ambos beligerantes. Las dos reuniones de representantes del cuerpo diplomático con el jefe del ejército chileno para negociar una tregua antes de la batalla de Miraflores y para negociar la rendición y ocupación pacífica de Lima fueron concertadas por intermedio de dichos observadores militares.

El apoyo firme y determinado que los jefes de las tres escuadras mencionadas – en particular Stirling, Petit-Thouars y Labrano – a los esfuerzos desplegados por los representantes del cuerpo diplomático resultó también fundamental para persuadir a las autoridades militares chilenas de la conveniencia de evitar en Lima la repetición de actos de destrucción arbitraria que tuvieron lugar en Chorrillos, Barranco y Miraflores.



Escrito por

Hubert Wieland Conroy

Magister en Derecho Constitucional. Diploma de Estudios Superiores en Relaciones Internacionales de la Universidad de Ginebra.


Publicado en

La pluma inquieta

Reflexiones constructivas sobre temas diversos.